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#8M Cómo se vivió en Apizaco y Tlaxcala.

Por Violeta Carrasco

A partir de las 10:30am del pasado domingo 8 de marzo nos empezamos a congregar un grupo de feministas frente a la Basílica de Nuestra Señora de la Misericordia en el municipio de Apizaco, Tlaxcala con el fin de conmemorar el Día Internacional de la Mujer, declarado por la ONU en honor a las luchas que se llevaron a cabo en distintos países por los derechos de las mujeres. Como día de protesta que fue, quienes nos reunimos llevamos con nosotras fuentes de ruido como tambores de banda de guerra, maracas improvisadas y altavoces, así como carteles y cámaras fotográficas para guardar evidencias del momento.


Mientras la población curiosa de los alrededores se acercaba a escucharnos y a mirar nuestros carteles, se leyó el pronunciamiento y las alarmantes cifras de violencia de género en el estado, gritamos consignas a todo pulmón en compañía de la batucada y finalmente se realizó en un círculo un pase de lista por las víctimas de feminicidio en el último año en Tlaxcala donde nosotras portamos cada uno de sus nombres en el pecho, para después abrir el micrófono y así escuchar las voces de denuncia de nuestras compañeras. 

Alrededor de las 12:00pm todas fuimos convocadas a movernos al asta de la vírgen en la capital de Tlaxcala para la mega marcha, nos organizamos en grupos para que ninguna viajara sola y de este modo llegáramos seguras. Fue impresionante al momento de acercarnos a nuestro destino la cantidad de mujeres, todas con atavíos verdes y violetas, que ya estaban situadas para comenzar. Partimos juntas, madres, estudiantes, mujeres trans, niñas, adultas mayores, mujeres con discapacidad e incluso mascotas, guiadas por la batucada que iba hasta el frente, gritando con todas nuestras fuerzas.


Durante el emotivo recorrido de cientos de mujeres por las calles tlaxcaltecas, era imposible no sentirse conmovidas por aquellas que nos aplaudían desde las ventanas de sus casas o entradas de sus negocios, por aquellas que a pesar de su avanzada edad se iban sumando a la manifestación, por aquellas que gritaban desde balcones o escaleras, en sintonía con la consigna Mujer, escucha, esta es tu lucha, mujer, consciente, se une al contingente. Éramos tantas que ocupábamos todo el ancho de las avenidas y era imposible mirar desde adelante el final de nuestra hilera que gritaba unísona. 

La prensa nos siguió desde el inicio, con cámaras y celulares, algunas reporteras llevaban su pañuelo verde o violeta atado al brazo, no sé si hubo entrevistas, yo no presencié ninguna. El sol no nos detuvo ni aún vestidas en su totalidad de negro, solidariamente nos compartíamos botellas de agua que llevábamos de sobra y al llegar al zócalo incluso una niña y su madre nos regaló a quienes pudo paletas de chocolate con frases sororas escritas por la pequeña. Hubo personas que se organizaron para repartirnos vasos con agua y dicen algunas compañeras que incluso un negocio les regaló pastes.

 
En el zócalo no teníamos fin tampoco, éramos una masa de de semejantes colores ya afónicas pero aún con los carteles en alto, aún gritando consignas. Al arribar a este se estaba llevando a cabo un performance de mujeres vestidas de novias, alrededor de las cuales nos agrupamos, colocamos las cruces que se cargaron por las víctimas de feminicidio, 28 en total, y se hizo un pase de lista como anteriormente en Apizaco. 

Quizá aquí falle en nombrar el orden de las cosas, éramos tantas que les voces céntricas se perdían como ecos en la multitud a pesar de la potencia de los altavoces, y mi atención estaba dispersa en la gente que se acercaba a vernos y a escucharnos, en el atroz cartel que cargaba una chica junto a su madre: MI HERMANA NO MURIÓ, LA MATARON, JUSTICIA. En los rostros, tantos rostros de mujeres evocando cosas fatalmente distintas, fuerza, ira, alegría de vernos y sentirnos juntas, llanto.

Pero no importa el orden porque todas estas cosas sucedieron, nos recostamos en el piso para que pintaran nuestras siluetas con gis, como aquellas que se trazan después de un crimen, acompañadas de consignas, también con gis, como Ni una Más. Se realizó un círculo de sanación por parte de una de nuestras hermanas que arrojó semillas alrededor de las cruces mientras soplaba a través de un caracol. Y la batucada siguió tocando sin tener descanso, enviamos a los hombres que se estaban colando en la concentración al grito de ¡Hombres atrás! mientras alzábamos los puños. 

Pegamos nuestros carteles, innumerables, en las paredes del Palacio de Gobierno a pesar de las negativas por parte de la policía, un gesto hermoso donde nos cargábamos para llegar más alto, corríamos para llegar más pronto, mientras gritábamos. siempre gritábamos. Un grupo de mujeres encapuchadas se nos unió cantando versiones feministas de Cielito lindo y de La cucaracha, se coreó Un violador en tu camino y se continuó el canto, los gritos, la batucada, las consignas, los enormes gestos de sororidad hasta alrededor de las cuatro de la tarde. 


Sin embargo, nuestros carteles, nuestro gis, todo fue limpiado en menos de dos horas, ya no habían cruces, ya no colgaba, reluciente, la manta de Tlaxcala es feminista, todas nuestras voces se hallaban desaparecidas, extraviadas, arrasadas al igual que siempre por la indiferencia. El zócalo era nuevamente un zócalo donde bien podría bailarse danzón en un domingo, el Palacio era de nuevo un edificio íntegro sin relevancia histórica para las mujeres asesinadas, para las niñas que nunca pudieron ser encontradas, para las mujeres violadas, para las madres que marchaban por sus hijas, para las hijas que marchaban por sus hermanas, para María Flor, para Daniela, para Estefanía, Nancy, Petra, Ana Gabriela, Angélica, Pamela... 


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