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Donde las palabras quedan fuera, la música empieza: Frida Lagarto.

Texto: David Alvídrez | Fotografías: cortesía de Frida Alamillo


Hace unos días platicaba con una amiga sobre una de las teorías de conspiración más populares en el planeta: los reptilianos. Aparentes humanoides con apariencia de reptiles que se han infiltrado entre la humanidad desde hace milenios y cuyo objetivo es esclavizarnos.

Pese a que no creo en dicha teoría, el morbo me ha llevado a invertir varios minutos en textos y vídeos. Así sé que la lista de músicos presuntamente reptilianos es larga. Delimitándome a las mujeres, destacan nombres como: Katy Perry, Rihanna, Britney Spears y Lady Gaga. Pero ¿a dónde voy con esto?

A mediados de febrero me entrevisté con la cantautora poblana Frida Alamillo, quien a sus 25 años es mejor conocida como Frida Lagarto. En realidad no sé qué tan reptiliana sea o qué tanto nos quiera subyugar, pero sí sé que su música es, en muchos sentidos, un bello camino a la sanación.


Frida sigue la convicción de que “la música es la forma más noble para comunicarse”. Su creación sale de los jams y de los sentimientos más agudos; matiza su voz desgarradora, pues de su garganta salen “espíritus de guerra, de amor y de miedo que viven dentro”, ventaja naciente de sentir “con cada escama de su cuerpo”. Frida “vomita notas agridulces, vomita amor, vomita demonios”.

Seguramente la has escuchando en algún camión, bar o evento, pues está muy activa en hacerse de un espacio cada vez más grande en la escena.

La música ha estado presente en ella desde que nació y asegura llevarla en la sangre, gracias a su padre, el cantautor Ramón Alamillo, quien es su principal referencia. Como ella no sabía tocar, fueron sus palmas y todo aquello que le sirviera de percusión, una necesidad por soltar; tiempo después se autoregaló un ukelele en su cumpleaños 20, que la ha llevado en este viaje musical por Puebla, CDMX, Hidalgo, Tlaxcala, el Festival Comparte en San Cristóbal de las Casas en 2017, así como diversos proyectos.



Su trabajo lírico contiene mucha conciencia: sobre el amor, la depresión, las drogas y el trabajo, por dar unos ejemplos; su voz es la melodía y la fuerza con la que ha logrado compartir sus sentires y pensares; y su transparencia es el toque por el cual nos identificamos al escucharla.

Se define como una mujer extrovertida e inquieta, agrego que es demasiado elocuente y segura. Me cuenta que, de diversas maneras y situaciones, su música cicatrizó muchas heridas y se dice feliz de ayudar a otros con las suyas.

Tras un breve paso por la antropología, se mudó a la capital para estudiar doblaje, experiencia que le permitió conocer y trabajar con su voz, y fue ahí donde por primera vez cantó en una banda de rock, tenía 18 años.

De ahí pa’l real, dice, porque pese a que ese proyecto no prosperó, regresó a Puebla y comenzó a componer tras una depresión: a veces siento que las canciones que compongo ya me las sabía de antes. Todo me inspira: el amor, el desamor, mis amigos y los contextos.

Sus primeras canciones fueron “Se va lento”, con la que vomitó todo lo que pasaba, y “Libérate del ego”, que le hizo un espacio en Somos Música, evento que le permitió compartir el escenario del Teatro de la Ciudad con otras mujeres músicas poblanas en 2017. Sin pensarlo, su proyecto solista inició.


“Conocí muchas voces, muchos estilos, mucha banda en Puebla que está haciendo música. Ese fue el parteaguas para que me presentara en un chingo de lugares […]. En ese concierto el público se prendió bien chingón y me dio seguridad; me dio contactos, entrevistas, toquines, fue como mi bienvenida a la escena […], pero ahora necesitaba un nombre más fregón”.

Luego de un mes de pensar y escuchar propuestas, se decidió por Frida Lagarto. A tiempo me aclara que no fue por Jim Morrison ni porque le atrajeran mucho esos animales, sino por la fonética. Suena bien, ¿o no? “Ya después investigué que rollo con ellos y me llevé la sorpresa de que son bien místicos”.

Frida Lagarto es de la idea de que la magia de la música se comparte en vivo; sin embargo, este 2019 planea grabar al menos cinco de las dieciocho canciones que en estos tres años ha compuesto. En sus redes sociales y en YouTube hay suficientes vestigios de su trabajo. Destaco “La cagas perro”, “La cumbia godín” y “Olas del mar”; además de unos buenos covers de Los Askis, Perotá Chingó y Kali Uchis.



Su naturaleza camaleónica hizo que a los 21 años decidiera estudiar artes plásticas, disciplina que está pensando conjuntar con su música. Ahora quiere darle un descanso al ukelele, porque ya se siente sola con él, para experimentar con el hip-hop, el lo-fi, el reggae-dub y el dancehall, “algo para mover el bote mientras cantas”. Además se anda cocinando un proyecto con bases en el jazz, el funk y el blues con Luis Carreño, quien ya la ha acompañado, y Anna Banana –con quien se ha estado presentando como Verde Mostaza–.

Frida Lagarto con su música de pantano urbano –como la define– es una de tantas mujeres que reduce la invisibilización de las féminas en la escena local. Su propuesta genuina la ha llevado a compartir escenario con Isobel Piaf, Julián Báez, Anna Banana, Nono Tarado, Francisco Barrios El Mastuerzo, Renata Tapia, entre otros.



La cita con la que titulé esta nota es de Heinrich Heine y la conocí por Frida Alamillo.

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