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El Street Art es un tipo de vida. Entrevista a Mil Amores.

David Alvídrez
Facebook: eldabeatalvidrez | Instagram: @c.h.a.gg.o

Fotografía: Roberto Ramírez
Antes de las nociones “público y privado” el humano sintió la necesidad de plasmar algo de su cosmovisión sobre una piedra o la corteza de un árbol y en el interior de las cavernas que habitó: esa creación libre y social, de pertenencia e identidad, podría ser la génesis de lo que actualmente denominamos Street Art. Sin embargo, la Historia del Arte comienza con la institucionalización y mercantilización de las expresiones artísticas, lo que no hizo más que extender las raíces del sentido de libertad y comunalidad expresiva ahora vista como no-arte e ilegal.

Estos conceptos comienzan a aplicarse en el Imperio Romano, la Edad Media y el Renacimiento que dotaron con ideologías y resistencia a la expresión artística “pública”: una fuga de escape creativa que instauró un lenguaje de las metrópolis tan verídico como incómodo. La Modernidad, la Industrialización y la Globalización nutrieron, transformaron y expandieron este lenguaje afianzado a las grandes ciudades y sus lógicas de producción. 

El Street Art como lo conocemos ahora comenzó su florecimiento a principios del siglo pasado y contó con el impulso considerable del muralismo para expandirse por el planeta: fue apropiado, reinterpretado y dotado de un sinfín de estéticas. En 1960 surge el Bombing en Filadelfia, Estados Unidos: concepto que hablaba por primera vez de ‘artistas urbanos’ que ‘bombardearon muros con mensajes de protesta’. Un movimiento similar se vivía en el Bronx, Nueva York, donde además de muros, se ‘bombardeaba’ el Metro. Ahí se le llamaba Grafiti y tenía un vínculo muy fuerte con el nacimiento de otras prácticas urbanocreativas: el rap, el hip-hop y el breakdance. A partir de 1970 ciudades europeas como Londres, Berlín y París, y latinoamericanas como Río de Janeiro, Bogotá y Ciudad de México, adoptaron estas expresiones. Finalmente, a finales de 1980 hubo un detonador importante para este movimiento: en Bristol, Inglaterra, nació Banksy, quien revolucionó el empleo de técnicas y, por ende, de producción estética, por lo que sus obras instauraron el concepto de Street Art, logrando su legitimación –ojo, no legalización– como una expresión artística.


En México se instaura pocos años después. Hay quienes sitúan el nacimiento del Street Art mexicano en ciudades como Iztapalapa y Neza del Estado de México y la capital del país como un producto del paradigma social que, entre otras cosas, nos dio la firma del TLCAN, el levantamiento zapatista, la actividad del Popocatépetl y la caída del peso... 



Y así, después de este breve recorrido histórico es como llegamos a la ciudad de Puebla. Si bien aquí no me propongo escribir la historia del Street Art poblano, sí hablaré de uno de sus iniciadores e impulsores, Christian Zacek Siet Mena, conocido como Mil Amores. Christian es un artista multidisciplinario y gestor cultural nacido en San Pedro Cholula, Puebla, que desde hace 26 años ha dado vida al Mil Amores, un personaje urbano impulsivo dedicado a pintar y generar plataformas que impulsen al talento artístico local y nacional.




Christian comenzó a pintar a los 5 años y fue su abuela quien lo acercó a la pintura, ya que “era muy inquieto y ella buscaba tranquilizarme un poco”. También le daría otro de sus grandes gustos: la cocina. Se acercó a la Academia artística para definir quién es y qué expresaría en sus obras. Pese a haber crecido en Cholula cuando era un ‘pueblo’, Christian se desenvolvió en Nueva York, donde desarrolló una afinidad decisiva en su vida por el estilo de vida urbano y el Street Art: “Yo patiné y pedaleé, me gusta el hip-hop y el breakdance y, claro, pintar en la calle”. El espectro de estos dos mundos fue habituado a su modo de vivir y, tras un proceso curioso, nació uno de sus muchos personajes. 

Emplea técnicas como el estécil, stickers, murales y aerosol para recrear las cosas más pequeñas y elementales de la vida: las bacterias, con las que en cada mural crea un palimpsesto de microorganismos y colores. También crea obras realistas y figurativas pero “se me hace más divertido explorar dentro de lo que no sé ni yo mismo qué sucede”. Es un amante de los colores neón y se acerca a un estilo kitsch. Su trabajo se ha expuesto en diversas ciudades del país y de Estados Unidos, como Nueva York y Los Angeles, además de un sinfín de rincones ocultos que esperan ser descubiertos.


¿Cómo nace Mil Amores?

Hace muchos años conocí al brujo de Cholula –Diego Gaona– también llamado Mil Amores. Él me dijo dos frases que me marcaron: que viviría muy cerca de él y que tenía su potencial pero con muchas desventajas –Christian actualmente vive en contraesquina del “castillo azul” y su potencial lo encaminó al arte–. Luego de radicar algunos años en Nueva York regresé a México y no sabía qué contar además de marcianos y robots. Recordé la charla con el brujo e hice un esténcil de tamaño real de él, pero vestido como Mickey Mouse en Fantasía 2000, aventaba astros y decía “Bienvenidos a Cholula, atentamente Mil Amores”. No hablaba de mí, yo me refería al brujo, pero hubo quien recordó esa pinta y no dudo en decir ‘tú eres Mil Amores’ y ahí empezó todo. Originalmente yo firmo como Amplitud Modulada y como Malamén, utilizo al Mil Amores esporádicamente cuando toco o pinto; es una de las máscaras que ocupo para tener mi privacidad en este mundo tan conectado.


¿Qué plasmas en tus obras?
Los microorganismos y las bacterias son mi iconografía; pinto cosas que son difíciles de descifrar: pinto organismo sobre organismo sobre organismo. Me atraen mucho las cosas más pequeñas y elementales de la vida, quizás eso me hacer ser artista no tan empático. La gente siempre busca reconocer algo y a mí me gusta esconderlo todo.

¿Y tu proceso de creación?

No tengo uno, me guío mucho por el impulso. Me considero un artista, sí, y uno activo que le dedica mucho tiempo a pensar y reflexionar en lo que viene, que también es creación, pero no soy tan ortodoxo. Por ejemplo, cuando me preguntan por mis mayores piezas, no sé qué responder pues no pienso mucho en ello, ni cuento con una carpeta ordenada de mis obras. Sin embargo, considero que mi mayor obra, por narrativa, es el haberme quitado los dientes y vendérselos a los japoneses –con esta obra, Christian inició una narración titulada “Cómo aprender a quitarte el ego empezando por quitarte los dientes” –; uno de mis actos más irreverentes, sin duda. Y justo eso, considero que con el arte hago irreverencias. Si tengo un proceso creativo, es uno irreverente, desordenado y desinteresado.


¿Cómo vives el Street Art?


Siempre he sido un vago: crecí y me desarrollé en la calle, no concibo nada fuera de ella. La calle, al ser de todos, genera un vínculo estrecho entre lo público y lo privado. Por tanto, me gusta que lo que plasmo en la calle no me pertenece porque lo haya pintado yo sino porque otros se apropian de lo que pinto; no me pertenece cuando me voy, sino cuando otros lo transcurren. Hay una diferencia muy grata entre hacer arte en la calle y hacer arte para uno mismo (para exponer, adornar o vender): el artista que se define en la calle es una persona libre que no busca ser reconocido. El Street Art es un estilo de vida y no una mentira o una pantalla, así soy, y vivo como soy.





Para Christian no existen parámetros que definan si un artista es bueno o malo, pero el compromiso y la dedicación son importantes. Como prueba de ello, después de años de experiencia fundó dos proyectos que reconstruyen el entorno y el tejido social por medio del arte: La Línea (2012), proyecto que envuelve la periferia de las ciudades para crear nuevos ambientes, y La Rueda A.C. (2015), que ha generado una serie de murales en diversos barrios de la ciudad de Puebla. Ambos proyectos han sido visitados por grandes artistas urbanos del planeta.

Háblanos de La Rueda A.C.
Es una Asociación Civil increíble conformada por Estrella Roja, Osel y La Línea, quienes me han dado la libertad en su dirección: entienden por qué lo hago de la manera en que lo hago y por qué lo hago sin buscar un reconocimiento. La Rueda me ha dado el honor de dirigir, producir y ayudar a mis amigos en un proyecto con el que, hasta ahora, hemos pintado cuatro barrios. Todas las pintas han sido experiencias maravillosas e inigualables, pero no todo ha sido lindo, también hemos sido víctimas de violencia, robos y racismo. Sin embargo ha salido a flote.
¿Cuál es su propósito?
Son dos: mostrar que tenemos la calidad y la capacidad, y darle algo a los barrios que están sumergidos en contextos de violencia, pobreza y marginación. Los murales que se han hecho han restaurado la economía y, algo más importante, el ánimo y el gusto de la gente hacia su barrio. Eso es lo que al final nos importa: los niños y la gente que se quedan con el mural, que te felicitan porque les gusta o que te hacen caras porque no les gustó, que al principio no querían pero cuando ven el resultado su opinión es otra. En las experiencias está nuestra satisfacción.


¿Algún proyecto que quieras compartirnos?
Actualmente trabajo en mi exposición Dark Side of the Colors, es enchaquirado tipo huichol que hago sobre figuras de la cultura pop norteamericana: una hibridación entre mi cultura consumista gringa y mi lado mexicano encaminado a la tradición y a la búsqueda de lo ancestral. No busco ser algo que no soy: no soy huichol; soy un híbrido y esta exposición lo refleja. Continúo escribiendo sobre mis dientes y estoy pensando en quitarme los de abajo. Recientemente inauguré una galería en Montana Shop –7 Oriente #3, Centro– que, se llama Siniestro. Es una galería sin espacio, es decir, se monta donde se permite, en la que curo artistas que me parecen arriesgados y de complicada lectura. Ahora se expone el trabajo de Wina Obake. Con Siniestro no busco generar dinero ni volverme el curador que más dinero produzca con sus artistas, sino abaratar el arte, no porque no lo valga si no porque sí puedes prescindir del egoísmo del arte y dárselo a quien no tenga mucho dinero para comprar arte. De eso se trata de producir, preparar e impulsar artistas emergentes.


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